Al comenzar este blog sólo tenía un deseo que expresaba con unas palabras del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (al que considero mi maestro en la teología): mostrar a Cristo como “la realidad más alta e insuperable, id quo maius cogitari nequit” . Y con Él la belleza del cristianismo y de la Iglesia y la belleza de la vida y del amor y de las imágenes y de la música y de la literatura y de las historias…
Y me gusta expresarlo con una imagen –con la que se abre esta entrada- del pintor alemán Mathis Grunewal. La imagen es tremenda, un Cristo sufriente, casi putrefacto, con María y Juan desconsolados al pie de la cruz. Y Juan Bautista señalando con el dedo al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Esto ha querido ser este blog: un dedo, como el de san Juan, que señala la Vida. Este blog no ha querido ser otra cosa que el dedo de Juan.
Ha sido un poco más de un año en el que, pobremente, he querido mostrar que hay una esperanza que vale la pena ser vivida. Una esperanza que no defrauda. Una esperanza que vale la pena seguir.
La esperanza –decía Charles Péguy- es la más pequeña de las virtudes. Péguy, en una preciosa obra titulada “El pórtico del misterio de la segunda virtud” pone en labios de Dios estas palabras:
La esperanza sí que me sorprende.
A mí mismo.
Sí que es sorprendente.
Que esos pobres niños vean cómo pasa todo eso y crean que mañana irá mejor.
Que vean cómo pasa eso hoy y crean que irá mejor mañana en la mañana.
Sí que es sorprendente y seguro la más grande maravilla de nuestra gracia.
Y yo mismo me quedo sorprendido
Lo que me admira –dice Dios- es la esperanza.
Y no me retracto.
Esa pequeña esperanza que parece de nada.
Esa niñita esperanza.
Inmortal.
Y ya está. Porque Cristo es nuestra esperanza y de esta esperanza debemos aprender a vivir. Hay que saber esperar.
Y parece que esto termina. Quizá sólo se trate de un nuevo comienzo.
Gracias a todos.
Juan Retamar



